Nueva normalidad: empleados resilientes

La vida es movimiento y cambio. Quien no se adapta, difícilmente sobrevive a las circunstancias. Y no solo lo decimos nosotros, diversas fuentes científicas y sociológicas a lo largo de la historia nos lo han demostrado.

Esta capacidad de cambio y adaptación a condiciones adversas usualmente suele llamarse evolución, pero existe otro concepto que ha cobrado fuerza en tiempos recientes, que va encaminado en un sentido más personal: la resiliencia.

El término se retoma de un aspecto físico/químico de algunos materiales, que tienen la capacidad de purificarse o volver a su forma original después de ser sometidos a una fase de perturbación o alteración. Hablando de una perspectiva humana, se refiere a esta habilidad adquirida para sobreponerse a situaciones de adversidad.

Aquí te hablaremos sobre los conceptos básicos que debes saber sobre la resiliencia, además de los aspectos que debes dominar para aplicarla de manera efectiva en tu vida diaria.

¿Nacemos o nos hacemos resilientes?

Para comenzar a entender qué abarca el concepto de resiliencia, debemos aclarar un punto muy importante: todos vivimos, experimentamos y percibimos nuestra realidad de maneras distintas; más aún en un contexto anormal como la pandemia en la que nos encontramos. Los cambios que esta condición nos ha exigido realizar en nuestro día a día en tantos aspectos de nuestra vida, han acelerado que abramos los ojos hacia situaciones que vivimos, pero que, por una razón u otra, decidimos ignorar.

Debemos aclarar, por tanto, que una persona no nace resiliente, sino que fortalece esta capacidad a través de momentos difíciles como los que experimentamos ahora mismo. La condición más esencial que se requiere para serlo es encontrarse en una situación de adversidad.

Tomemos la cuarentena como ejemplo. Ante el crecimiento exponencial de contagios por COVID-19, la primera indicación fue recluirnos en nuestros domicilios y aplicar medidas sanitarias de prevención para reducir la estadística de casos positivos. Dicha decisión no solo cayó de forma tajante, sino con una carga enorme de miedo.

Conforme se extendió el aislamiento, nuestra capacidad de desarrollo personal se ha visto desfavorecido, pues una reclusión sanitaria se ha tornado incluso, a veces, social, y el miedo del que hablamos solo le ha paralizado.

 

Dar el primer paso

Como hemos repetido en lo que va del texto, es necesario encontrarnos en una situación adversa o de perturbación para generar una capacidad de resiliencia. Uno de los primeros obstáculos que podemos encontrarnos para ello, puede darse porque sabemos que estamos en riesgo, pero no sabemos qué hacer; o bien, lo que hacemos no concuerda con lo que queremos o sentimos.

Vivimos una época donde nuestros sentimientos tienen un protagonismo del que no habían gozado nunca antes, pero tenemos que poner las prioridades claras: a veces lo que siento no debe ser lo primordial. Esto no quiere decir que le restemos importancia, sino que no podemos vivir en una victimización constante, uno de los mayores enemigos de la resiliencia. Por el contrario, nuestra capacidad de vencer estas barreras radica en la proactividad.

Ejercer una actitud de constante búsqueda de mejora y soluciones nos ayudará a desarrollar habilidades y pensamientos, que facilitarán el proceso de superación y crecimiento ante la necesidad.

 

Resiliencia = Comportamiento

Insistimos: la resiliencia se practica y se fortalece cada día. Es más una habilidad que un talento innato, que tenemos que adaptar también a cada contexto en el que nos adentramos.

Otro obstáculo que tenemos para crecer nuestra capacidad de superar la necesidad es que esperamos a cambiar nuestra forma de pensar, para así modificar nuestra manera de actuar. De entrada, estamos haciendo todo al revés.

La resiliencia se alimenta y potencia de una manera similar a la autoestima. A veces no basta con hablar o pensar en para qué somos buenos o útiles, porque se queda simplemente en eso: en palabras. Ambas se fortalecen a través de la práctica de capacidades, que crecen a su vez sentidos de valor, utilidad y confianza.

De igual forma, esta proactividad que alimenta nuestra resiliencia nos obliga a aprender nuevas habilidades que confronten creencias previamente adquiridas, y que nos ayudarán a valorar qué conceptos nos conviene mantener en este momento de nuestra vida.

 

No te hagas tanto caso

Nuestra mente se compone de creencias, aprendizajes y paradigmas que se insertan con el paso del tiempo. Y son precisamente esas cuestiones las que, ante un momento en el que la acción debe ser casi inmediata, nos detienen porque pueden ir en contra de lo que tenemos socialmente adquirido. Existe un punto en nuestra vida en que debemos analizar dos cosas.

Primero, tenemos que examinar en qué punto de nuestra existencia nos encontramos. ¿Qué estamos viviendo? ¿Cómo resuelvo las necesidades que tengo en este momento? ¿Mi forma de pensar y actuar va acorde a mis necesidades? ¿Lo que he aprendido durante mi crecimiento realmente me sirve para resolver mis problemas de la actualidad?

Y después, debemos hacer un profundo análisis de los roles que jugamos en cada aspecto de nuestra vida: individuo, pareja, hijo, amigo, trabajador, jefe, por decir algunas; esto con el objetivo de identificar fortalezas y debilidades, para actuar en consecuencia. El deber-ser tiene que imperar siempre sobre nuestros deseos.

 

Necesidad y deseo: uno mismo

La última vertiente que tocaremos sobre este amplio tema, tiene que ver con la practicidad. Primero debemos comprender que, por más que queramos o deseemos hacer algo, esto no va precisamente acorde a nuestras necesidades; y, al mismo tiempo, nos puede generar una sensación de pesadez y desgano.

Hablando utópicamente, nuestras necesidades y deseos deberían estar en el mismo canal para hacer nuestra capacidad de aprendizaje y resiliencia más asimilable, pero esto normalmente no es así. Sin embargo, podemos darle la vuelta a esto de manera inteligente, retomando el concepto del apartado anterior: la necesidad va antes del deseo. Esto no significa que siempre hagamos las cosas por obligación o de mala gana, sino que debemos encontrar ese punto de gusto en lo que tenemos que hacer; así podremos alinear el deber y el deseo, para fortalecer nuestra capacidad de resiliencia.

No está de más recalcar que, en esta pugna de necesidad contra deseo, la que debe imperar, SIEMPRE, es la necesidad. La inteligencia se subroga a la voluntad, por lo tanto, en el momento en el que comencemos a actuar, nuestra manera de pensar cambiará.

Artículo redactado con apoyo de la Psic. Claudia Cinco

Claudia Cinco, licenciada en psicología del Instituto Tecnológico de Sonora. Realizó tres diplomados en intervenciones breves por la UNAM. Actualmente se encuentra en proceso de titulación de la maestría en Ciencias del Comportamiento con orientación en Neurociencias. También cuenta con 13 años de trabajo para la Secretaría de Salud, en el en el área de salud mental y adicciones.

Conclusiones

  • La resiliencia es una habilidad que se practica día con día, conforme superamos situaciones adversas
  • Victimizarnos no sirve de nada, debemos actuar. Nuestra actitud debe ser proactiva
  • Evaluar qué aprendizajes nos sirven para el contexto que vivimos
  • Analizar los roles que desempeñamos día con día, e identificar qué debemos mantener y qué mejorar
  • El deber debe imponerse siempre ante el deseo.

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